DOODVEW

En DOODVEW Tamara Feijoo rescata la expresión de origen neerlandés utilizada para definir la capa de color opaco que proporcionaba los medios tonos. Se trataba de una pintura pobre, elaborada con pigmentos mezclados en una emulsión acuosa, sobre la que se aplicaban finas veladuras de colores brillantes y translúcidos, mezclados con un medio graso como el óleo. La presencia de esta primera capa opaca era la encargada de proporcionar mayor profundidad y verosimilitud y la que permitía reflejar la luz de un modo más realista.

En base a esta idea, en DOODVEW la artista realiza un trabajo de decapado y substracción, de análisis de aquello que soporta a la propia pintura como su andamiaje principal. Esto lo hace prescindiendo de su dominio del dibujo y la figuración, para ir más allá y fijar la mirada en un espacio íntimo y pequeño, de relación con el pigmento y el soporte, con el trazo pictórico, con los fondos y la combinatoria de color, en la búsqueda de la veladura, la textura y la calidad de la propia materia.

A través de una serie de obras no figurativas, traza un recorrido en el que el color y la materia le sirven para aludir directamente a la historia de la pintura, tomando como referencia a los maestros flamencos y a los pintores del primer renacimiento italiano. Tamara Feijoo utiliza el color buscando ese mecanismo de asociación que enunciaba Kandinsky al decir que las formas y los colores usados por los artistas no están en la naturaleza, sino que tienen en sí mismos un claro componente simbólico, funcionando casi como jeroglíficos. Los títulos de las obras nos dan las claves de la presencia de una historia que subyace detrás de cada cuadro, que parece querer asomarse y escupirse a través de la materia. Así, la artista se enfrenta a temas que siempre le han interesado y que este trabajo le permite abordar de una manera ajustada y no representacional y que ella desarrolla por primera vez en esta muestra.



(Texto: Monica Maneiro)